Ubicación
Se encuentra dentro del cono urbano de la ciudad de Lima con una extensión de 9,62 kilómetros cuadrados y una población aproximada de 81 000 habitantes. Limita al norte con el distrito de San Isidro al este con el distrito de Surquillo y el distrito de Santiago de Surco, al sur con el distrito de Barraco y al oeste con el Oceano Pacifico.
El 02 de enero de 1857, el Mariscal Ramon Castilla promulgó la Ley aprobada en la Constituyente, para la formación del Registro Cívico “considerando, es la base fundamental de las elecciones populares y para la satisfacción de las necesidades locales de la administración pública”. Es así, cómo en esa fecha y de conformidad con la Ley Orgánica de Noviembre de 1856, Miraflores surge con autoridades de distrito junto con otros tantos lugares de la provincia de Lima, entre los que están los de la Magdalena (Pueblo Libre), Chorrillos, Santiago, Lurín, Pachacámac; sin Ley especial de creación distrital, es cierto, pero con antecedentes determinantes y extraordinarios para afirmar un gobierno popular mediante el acto democrático de las elecciones y de las satisfacciones de las necesidades locales de la administración pública. Excelentes postulados de civismo y edilicios que fueron recordados en su oportunidad, con ocasión de las celebraciones del Centenario de la Creación de Miraflores como distrito.
De hecho nace el distrito de Miraflores que se extiende hasta los lindes del Cercado de Lima. El fundo Balconcillo que quedaba bajo su jurisdicción y con él, los no menos importantes de Barboncito, La Palma, Conde San Isidro, Lince, Limatambo, Santa Cruz y Chacarilla; Armendáriz con las tierras de Leuro y Ocharán y la de los naturales; las chacritas de San Francisco y de Mengoa. Sus extensas tierras rurales se desplegaban en torno de un pueblo insignificante pero cargado de tradición; desde remotos tiempos había sido sede de una densa sociedad indígena; sus miembros se agrupaban, al decir de arqueólogos y cronistas, en torno de un monumento religioso cuyas informes ruinas conocemos como la “huaca Juliana” (nombre cuya interpretación del aborigen, no ha sido suficientemente aclarado y corrompido en vocablo de apariencia hispana) y que se vinculaba con otros monumentos de no menos importancia en “Rímac Tampu” (Limatambo) y en Maranga.
Pero el pueblo de San Miguel de Miraflores, que con esta toponimia fue su fundación con advocación al santo arcángel, príncipe de las milicias celestiales y símbolo del dominio del bien sobre las potencias malignas, se olvidó rápidamente como sucedió con muchos lugares españoles en el místico dedicatorio, subsistiendo sólo poético de tan significativa metáfora como signo de auténtico blasón de su territorio.
Pese a sus momentos históricos, la población como tal y de su importancia, no surgió como era de suponerse en los fastos de nuestras metrópolis, pues ni las "Conferencias"entre el virrey Pezuela y el Libertador San Martín, ni los esfuerzos cívicos de magnates financieros, tales como Cabada y Schell, que fincaron suntuosas quintas a raíz de la inauguración del ferrocarril inglés a Chorrillos en 1857, ni la importancia nacional que adquiere por haber sido la sede de intentadas reuniones diplomáticas de tregua en la casa que aquí tenía el director Nicolas de Pierola en los dolorosos días de la invasion chilena, lograron inquietar su apacibilidad pueblerina.
Hasta los primeros años del Siglo XX Miraflores, seguía siendo un rincón urbano tranquilo curando en parte sus heridas de batalla e incendios, mientras crecían a la vera de sus alamedas los ficus y los pinos que desde entonces ya tejían sus líricas leyendas. Sus alcaldes Pedro Denegri, Henry Revett, José A. Larco, Eleodoro Romero, Javier Conroy y don Augusto Angulo, se empeñan afanosamente en revivir su ambiente urbano a fines del siglo.
Es a ellos que se debe en gran parte el haber mantenido bajo las ciencias del dolor y entre las cabezas del sufrimiento, la energía subjetiva que encarnaba la poética predicción de su grandeza futura que Luis Benjamin Cisneros, hacía en 1853: “ese valle jamás oscurecido por el rayo, y en particular, esa resplandeciente cintura de tierra suspendida sobre el océano siempre sereno y cobijado por un cielo siempre azul o dulcemente melancólico está llamado a ser el oasis privilegiado de delicias y encantos para las clases ricas de las grandes ciudades de América” califica en algunos de sus pesimistas, cuna de misterioso retraimiento que le arrancan más de una elegía.
Aún en 1898, su estrecho territorio urbano, lindaba por el norte con los terrenos del fundo Surquillo y por el poniente, con la calle Bellavista; al oriente con los rieles del ferrocarril a Lima y al sur, apenas se esbozaban las dos primeras cuadras de Larco y Porta, calles que ostentaban los gentilicios de sus preclaros alcaldes. El municipio se empeñaba en urbanizar las tierras colindantes a la Alameda que eran de dominio directo del convento de las Mercedes e infireúticas de Domingo Porta; desde la estación hasta el mercado, en ruinas, y que cerraba el paso a la entrada de lo que es hoy, principio de la alameda José Pardo. No había aumentado mucho la población que Paz Soldán consignaba en 1887, en su “Diccionario Geográfico”: un poco más de cien vecinos y que, según el censo de la época eran 636.Muchos extranjeros buscaron en sus ranchos una pasajera quietud veraniega; y no podía decirse que no germinase ya la cimiente urbana en tan bien situado paraje. Punto intermedio del tránsito con el aristocrático Chorrillos, Miraflores representaba el equilibrio de dos sociedades al mismo tiempo que dos economías. Y en esa región habríamos de descubrir la mística energética de su metropolitanismo de hoy.
Las raíces de una ciudad que está en la geografia, en la tierra, en el territorio, es cierto; pero sus ramas en los imponderables de la voluntad humana, en los anhelos vitales de sus pobladores. Y si analizamos esas razones, veríamos cuánto habría que asignarles la causa motriz de su desarrollo urbano, no sólo consecuencia de factores materiales y económicos, sino de propósitos espirituales y de deseos humanos. Las obras de una ciudad, está dicho, nacen de esos afanes, pero cuajan por firmes propósitos. Continente es proceso y las geometrías de su trazado pueden servir, y sólo temporalmente, para la función urbana; pero hay algo más por dentro de esa forma, como la esencia anímica en la sustancia humana. La realización de la ciudad es problemática, sujeta a los imponderables en un proceso urbano voluntario e ideal: el contenido mismo.
Algunos podrían asignarlo a la facilidad de transporte y al tránsito; o a la expansión demográfica capitalina que sobreviene a principios del siglo XX. Sin duda la avenida Arequipa (Leguía en su creación urbanística, en 1920), proyectada por el arquitecto Augusto Benavides en tiempo de la presidencia de don Jose PArdo, trajo este acercamiento para los vecinos de la capital que buscaron en estos hábitos un sueño para su hogar. Pero no olvidemos también, que el gobierno de don Augusto B. Leguia, ponía a la mano y elegantemente urbanizado los terrenos de Santa Beatriz, inmediatos a Lima, con su hermoso “Parque de la Reserva”, que fue diseñado por el arquitecto urbanista Alberto Jochamowitz. Por la avenida La Magdalena (1898; hoy avenida Brasil), que enlazaba en 1912 con la del Ejército a través de las tierras del fundo Santa Cruz, ya la gente acudía con vehículos motorizados a Miraflores. El tranvía no era sino, un intermedio entre el elegante y aristocrático Chorrillos y la Capital.
Otros factores podrían ser aducidos como los de saneamiento u ornato. Entre1903 y 1906, Miraflores recibía los beneficios de la instalación del agua y desague; un alumbrado público por gas incandescente; se pavimentaban las aceras con locetones de cemento, facilitando el paseo de sus vecinos por sus calles y los jardines públicos se arreglaban al mejor gusto del momento. Un nuevo mercado, una comisaría urbana, la prolongación hacia el mar de la Alameda; la plantación de árboles en la avenida Colina (hoy Benavides) y la ornamentación del malecón Balta eran atractivos. También los factores industriales así como los comerciales, comienzan a dar a la población cierta independencia y autonomía. El balneario no es propiamente tal; más es residencia apacible y cómoda, que por su cercanía al mar brinda una grata frescura durante las escasas noches veraniegas. Quizá todos son factores concomitantes y no hay mayor preponderancia de unos u otros. Como la rueda de la Noria con sus cubiletes: todos suben incesantemente con su cantidad de agua para engrosar el caudal del riego.
Miraflores que a principios del siglo 1908 con la instalación del tranvía eléctrico, desde unos cinco años atrás, alcanzaba su población a 1.258 habitantes (censo de habitantes Revett) tiene 10 años después, unos 5.400. Ya tiene, 24.500 cuando la Av Arequipa, que la une a Lima, con su excelente asfaltado, facilita el tránsito de los automóviles. El censo de 1931, arroja cerca del doble de esa cifra y hoy, presumiblemente la ha quintuplicado y muy significativamente.
No sabemos si la villa de Miraflores, villa desde septiembre de 1901, es ya una ciudad. Se le ha tildado de tal, como una reacción del 09 de febrero de 1940, que conformaba Lima, Ciudad Capital, con los distritos aledaños entre los que estaba Miraflores. En ese decreto sólo mencionábase los que integran la jurisdicción capitalina del antiguo Cercado y con cuyas poblaciones vendría a formar la Gran Ciudad Capital. Pero sin duda, la apertura de la avenida Larco en su prolongación hasta los límites urbanos del sur, en la quebrada de Armendáriz, determinó su rango de ciudad. El alcalde así lo reitera en su discurso inaugural. Es como la primera piedra de su importancia jerárquica. Y es que la nueva avenida que había sido proyectada en 1919, tuvo que esperar 20 años más para su realización. Significaba una nueva etapa en su urbanismo. El alcalde de entonces, don Daniel Russo, no vaciló en su ejecución, comprendiendo su importancia vial y económica. El tiempo ha confirmado sus razones.
Miraflores jamás tuvo pretensiones metropolitanas. Los límites del distrito alcanzaban como hemos dicho, los linderos de la Capital con el fundo Balconcillo. La formación del barrio de La Victoria que en un principio el municipio de Lima rechazó admitirlo en su seno urbano, redujo sus límites (Ley Nº 392 de noviembre de 1906) y cercenaron parte de su territorio. Luego en 1931, el pujante barrio de San Isidro, que se formaba alrededor del Country Club de Lima, restó un nuevo segmento a su jurisdicción distrital. En 1949, el barrio de Surquillo, se independizó de su gobierno municipal. Nada de eso ha afectado en realidad a Miraflores. Y es que una ciudad no se tasa por su extensión territorial sino por su calidad. La unidad urbana es pura abstracción; no hay radicalidad en la unidad urbana. Y mal piensan quienes pretenden extender esa unidad a límites en los que la acción municipal llega débilmente. Miraflores con su jerarquía urbana, y los demás distritos y poblaciones que han nacido de sus entrañas, son hoy unidades aunque reducidas, potentes y valederas que pueden sumar sus autonomías e independencia distrital con gran ventaja a la Capital de Lima Metropolitana
La tradición urbana de Miraflores es de tal magnitud, que mal podría resistir sin perjuicios, una autoridad centralista y lejana. La subordinación parece contrariar sus designios; mientras que la filiación federativa más bien fortalecería los propósitos metropolitanos de una ciudad como Lima, la Gran Lima del futuro. La tradición de Miraflores no es la mera formación urbana, aglomerada y crecedera por conveniencias económicas o comerciales.
Hay en la tradición de Miraflores, espíritu e intelectualidad; hay voluntad, hay designio; hay sacrificio y honor. Miraflores es historia en la historia de Lima. como no recordar Reducto. Allí, donde se congregaron en esos días de enero de 1881, los vecinos armados como soldados para defender el solar patrio y su amenazada Capital. Porque el miliciano se retiraba en desbandada tras la derrota en los campos de San Juan. Baluarte de la civilidad es el Reducto Nº 2, en el que pundonorosos jefes del Ejercito Peruano intentaron formar batallones reservistas con patriotas civiles, abnegados y valientes, que buscaron persuadir a la turba fugitiva, al soldado de corazón para que ayudara a la defensa castrense. Miraflores y su vecindario no podrán olvidar tamaña epopeya. Y así surge en 1914, bajo la iniciativa de su alcalde, ingeniero Carlos Alzamora, el hermoso monumento que es el Parque Reducto, hecho intangible por Ley del Estado, inviolable y sagrado para el devoto sentimiento patrio.
En el arco iris triunfal y memorativo de Miraflores se enlazan los nombres de sus vecinos. El del doctor Ramon Ribeyro, Jefe del Batallón Reserva Nº 4, defensor del Reducto Nº 2, se entrelaza con el del teniente coronel José Manuel Román, con el del teniente general José Manuel Jordán, que sobrevivió a la batalla y residió en esta ciudad. Su relación es numerosa. Todos ellos aspiraron y aspiran y trabajan por su prosperidad. Filántropos y benefactores. Los nombres de médicos, pedagogos, artistas, letrados, no es menor. Para cada uno, hay un recuerdo de su tarea. Y así, la lista resulta inmensa. Son las voluntades que cuajan su propósito y asientan en la tradición, el valor urbano de Miraflores.